lunes, 9 de noviembre de 2015

Crónica de un naufragio

Vieron el azta, el mástil y un trozo de vela del barco desaparecer entre las aguas. Las burbujas y la espuma blanca, que se arremolinaba por el hundimiento, dieron paso a la serenidad del mar azul y malva que mecía sus cuerpos en el oleaje. Así, medio nadando, medio flotando en la inmensidad de aquel cuerpo azul, se dejaron arrastrar hasta la orilla que no estaba tan lejos. El barco se había hundido a poca profundidad. Mientras dejaban sacar la sal y el dolor de sus cuerpos, vieron también el atardecer y se dejaron cubrir por la tibieza del sol. Hablaron de cómo, ahora los pececillos encontrarían en la embarcación un hogar, de cómo, quizá con los años, remolinos, esponjas, estrellas y peces de todos los colores irían formando arrecifes de coral.

El amarillo dio paso al naranja, el naranja al rojo, el rojo al violeta y el violeta al azul profundo y cada vez más profundo. Así, el cielo se vistió de azul oscuro y de puntitos brillantes que danzaban reflejándose en el oleaje. Cuando el frio de la noche empezó a envolver sus cuerpos, descubrieron que era el momento de la despedida, no solo el uno del otro, sino también del barco. Ese que sabían que seguía ahí, aunque no lo veían, sentían aun su cercanía. Era hora de decir adiós, de despedirse de los recuerdos que moraban en la embarcación y que ahora serían roídos por la sal y los peces. También de los puertos en los que habían atracado, de los descubrimientos que habían hecho, de las noches que habían navegado, de la tripulación que habían formado.

Pero era la hora de la despedida, la hora de decir adiós. Aun así, siguieron ahí sentados. El frio de la noche entumeció sus pies y enfrió sus cuerpos, entonces se sentaron mas cerca y vieron los puntitos danzarines vestir el cielo y el suelo, el suelo que no era suelo sino agua. Jugaron a ver como su aliento parecía humo y recordaron su niñez. Contaron un par de historias de marinos y barcos fantasmas

Se hundió mi barco.
Desde antes,
antes de tener barco,
tuve brújula.
No soy naufraga.


Desde antes,
antes de tener barco,
aprendí a nadar.
No estoy a la deriva.


Desde antes,
antes de tener barco,
existía la mar.
La infinita mar.

Para sonreir

¿Para qué? ¿Para qué sirve preguntarse para qué? ¿Acaso para aprender, acaso para entender? ¿Para qué? ¿Para qué sirve aprender? ¿Para qué sirve entender? ¿Para qué sirve preguntarse para que sirve aprender o entender? ¿Para vivir? No. Vivir sirve para aprender y no al contrario ¿Y no al contrario? ¿Es acaso posible que exista una vía contravía en esta vida? No. No sé. ¿Para qué? ¿Para que quiero saber yo todo esto? ¿Para qué vivo preguntando para qué? ¿Para qué sirve saber si hay contravías? ¿Para qué sirve preguntarse para que sirve saber si hay contravías? ¿Para qué sirve preguntarse, aprender, saber, entender, vivir o morir? 

¿Para qué? ¿Para qué sirven los sueños? ¿Acaso para aprender, acaso para entender? ¿Para que soñamos? ¿Para qué? Si vivimos en un mundo que pone precio a nuestros sueños y los subasta al peor postor bajo la etiqueta de ilusorios. ¿Cuánto? ¿Cuánto cuestan nuestros sueños? ¿Un chocorramo? ¿Quinientos millones? ¿Tres, trece, treinta puñaladas? ¿Cómo? ¿Cómo hemos de soñar el mundo? ¿Cómo hemos de caminar los caminos de nuestros sueños?

¿Para qué? ¿Para qué caminar? ¿Para qué recorrer? ¿Para qué recordar? ¿Para qué sirve recorrer y recordar en un mundo donde los caminos desaparecen de pronto bajo locomotoras y donde los caminantes amanecen con los pies cercenados tiritando, y desangrándose en cualquier esquina de la ciudad? ¿Para qué? ¿Para que cercenan nuestros pies? ¿Cuánto? ¿Cuánto tiempo vamos a tener que huir? ¿Qué tan grande debe ser el mundo real o que tan grandes han de ser nuestros sueños para que encontremos refugio? ¿Cuán grande tiene que ser la pecera? ¿Cuán grande tiene que ser el espacio que construimos para volar, para soñar, para ser libres? ¿Cuanto? ¿Cuánto tiempo ha de pasar para que este mundo no sea un refugio sino un hogar, un hogar para todos?

¿Para qué? ¿Para qué volar? ¿Para que soñar? ¿Para qué ser libres? ¿Para qué construir peceras? ¿Para que, si a los pájaros libres les disparan escopetazos por diversión, por envidia de sus alas? ¿Para qué pecera? ¿Para qué alas? ¿Para qué caminos? ¿Para qué vida? ¿Para que conocimiento? ¿Para que sembrar semillas, si nosotros sembramos diez y ellos talan cien? ¿Para qué resistencia, para que lucha? ¿Para qué palabra que acuerdo nace? ¿Para que hurakan? ¿Para que corazón del cielo? ¿Para que, si la palabra que acuerdo nace es silenciada, desaparecida, cercenada, condenada y lapidada?

Preguntarse para aprender. Soñar para aprender. Amar para aprender. Hacer arte para aprender. Luchar para aprender. Resistir para aprender. Reír para aprender. Llorar para aprender. Volar para aprender. Caer para aprender. Caminar para aprender. Recorrer para aprender. Recordar para aprender. Sembrar para aprender. Cosechar para aprender. Y hasta morir, para aprender. Aprender para vivir y vivir para aprender.

Vivir para volver desde la tierra, desde los sueños enterrados, cercenados, desaparecidos. ¿Para qué? Para que la muerte y el dolor no hayan sido en vano. Para honrar a los ancestros que sacrificaron su sonrisa, esperando poner una en nuestra boca ¿Para qué? Para soñar y construir peceras, peceras mundo donde quepamos y volemos todos. Peceras donde los que tengan los pies cercenados puedan volar, peceras donde los desaparecidos aparezcan, así sea a través de sus historias, y puedan enseñarnos con ellas. Peceras llenas de memoria, llenas de voces que por generaciones fueron acalladas. Peceras donde los que no tengan boca tengan voz. 

Peceras llenas de músicas, de formas, de colores, de visiones de mundos que ayuden a conocer y crear un mundo, una historia del mundo, el mundo soñado... El mundo que esperamos traer a vivir aquí, para vivir en el desde nuestros sueños. Peceras donde la vida florezca. ¿Para qué? Para ver florecer la vida. ¿Para qué? Para sonreír. ¿Para qué? Para nada, si es que yo creo que al mundo vinimos para sonreír.