miércoles, 29 de abril de 2015

Un encuentro con Don Durito

Un encuentro con Don Durito
Como epilogo y reflexión
sobre nuestra aventura en sus tierras (las de Don Durito).
Un cuento sobre soñar el camino

Yo estaba sentada tranquila, bueno, tranquila es un decir, porque la ciudad y la espera me sobrecogían. En fin, estaba mirando hacia el zócalo de la ciudad de México, pensando en lo grande que era; el zócalo, la catedral, la ciudad, México en general. Estaba pensando o que todo era muy grande o que yo me sentía muy chiquita, de pronto, como descubriendo el mundo. Estaba yo sentada al lado de un pequeño jardín y frente a una escultura que recreaba el mito de la serpiente sobre el nopal, cuando un movimiento entre las ramas llamó mi atención. Mi instinto o qué sé yo que es, ese que siempre me hace pensar que hay un perro, me llevó a poner mis ojos en las ramas moviéndose, pero no se trataba de un perro.

Lo reconocí de inmediato, al principio me causó curiosidad, luego emoción y luego algo de miedo, me estoy volviendo loca, pensé. Luego recordé que en los viajes, así como en la vida, todo puede pasar y se disipó mi miedo quedándome solamente con la emoción y la curiosidad. -¿Durito?- Pregunté. No obtuve respuesta alguna y más bien vi como disimuladamente, Durito apuraba el paso. –Durito- Volví a insistir sin ningún resultado. Mientras lo seguía con la mirada, recordé los cuentos y me di cuenta que llevaba puestos gabardina, sombrero y una ramita a modo de bastón ¡claro! Está de incognito. -¡Durito! Soy una aliada, no se preocupe.

Durito al fin reaccionó a mis palabras volteándose lentamente, fumaba tabaco y el sombrerito se le había volteado un poco, se parecía a Sherlock Holmes. Durito me miró muy suspicazmente, y no sé si haciendo honor a su disfraz o más bien por naturaleza propia, pareció analizarme de cabo a rabo (como diríamos en Colombia) dando pequeños chupitos al tabaco y diciendo Mmh... mmh, yo supe que era momento de callar y así pasó un rato mirándome y escaneándome el pensamiento.

Por fin, Durito interrumpió el silencio -¿Y una aliada de quien o de que bando, si se puede saber?- Preguntó él inquisitivo. Yo, nada preparada para la pregunta me puse aún más nerviosa y no supe que contestarle, Durito me miraba esperando mi respuesta. Al final y después de pensar la respuesta, me di por vencida y un poco triste respondí –No sé de qué bando estoy- Mientras hablaba, sin notarlo, me di la vuelta dándole un poco la espalda a Durito, me sentí avergonzada por mi respuesta y esperé que Durito siguiera ágilmente su camino a no sé dónde, alejándose de mí.

Contrario a todos los pronósticos, Durito se acercó a mí de a pocos, sin darme yo cuenta, se sentó a mi lado y puso cuidadosamente su bastón y su sombrerito sobre el asfalto que nos servían de asiento. Yo me había quedado mirando la figura del águila mientras pensaba en eso de los bandos y me imaginaba a don Durito alejándose hacia el zócalo. –Bonito ¿no?- Dijo el escarabajito con voz de comandante, mirando también la escultura y llamando mi atención. –Pensé que te habías ido- dije en voz baja -Quería aclarar antes un par de asuntos ¿Cómo fue que usted me vio, en primer lugar? ¿Y más importante, como es que me ha reconocido?- Dijo Durito serio e inquisitivo.

Yo hasta entonces noté que él también se veía un poco cansado, la gabardina estaba arrugada y el sombrerito un poco aplastado –Pensé que era un perro. Al principio, cuando vi moverse las ramas. Y luego lo reconocí porque he leído sobre usted un poco en estos últimos días. –¿Un perro?¿Un pulgoso pinche perro?- Dijo durito claramente indignado casi interrumpiéndome. -¡Ja! Un perro. –No, no, no, Durito, no se ofenda, no es que yo lo haya confundido con un perro, es que antes de verle pensé que podía tratarse de uno, a mí me encantan y nunca me pierdo la oportunidad para acercarme a alguno. –Ahhh, pues fíjese mejor la próxima- Me respondió aún muy serio. –Pero bueno, no estoy aquí preguntándole sobre sus gustos animales, ¿Cómo me ha reconocido usted, señorita? –Preguntó.

Ya vi yo por donde iba el asunto. Durito se preocupaba que lo hubieran reconocido a pesar de su traje de incognito. Yo para tranquilizarle un poco, le respondí diciendo que había sido muy difícil, que estaba a punto de desistir de mi idea sobre su identidad, pero que pensé que había que salir de las dudas y que no se perdía nada con preguntar.  –Mhm, Mhm,  admito que el sombrero se me ha arruinado un poco saliendo del metro- Dijo como para justificar, mas ante el que ante mí la falla en el disfraz, y como para cambiar el tema o quizá por verdadera curiosidad preguntó -¿Y usted de dónde viene? ¿Todas esas maletas son suyas? ¿Vive usted con su hogar a cuestas?

Yo no pude evitar reírme, en parte por nervios en parte por sus preguntas. –De Colombia- Contesté –No, no todas son mías, mi compañero fue a buscar un lugar para dormir y si, vivo por un ratico con mi casa a cuestas porque por estos días mi hogar son el, estas maletas y lo que México tenga a gusto enseñarnos-. Durito solo pareció escuchar la primera parte, dejando de lado el romanticismo hippie. – ¿De Colombia? Mhm, Mhm- Hace mucho que no piso esas tierras- respondió pensativo. -¿Usted conoce Colombia? ¿Y cómo le parece? - Pregunté interesada. –Fui hace años. ¿Que como me parece de qué?- dijo él, con cara de no entender la pregunta. Yo entiendo de inmediato, que en realidad es una pregunta sin sentido. –Pues bueno, que experiencia tuvo- pregunté, como para no dejar al aire la pregunta y no parecer una completa tonta. –Ahhh- Dijo Don Durito con aire dubitativo. -Esas preguntas no son fáciles de responder, enamoré damas, deje admirados a varios  caballeros y me aclamaron los niños, pero no entraré en detalles- dijo enorgulleciéndose -¿Y nada más?- Pregunté intrigada. Pero Durito es un escarabajo muy hábil, de manera que respondió mi pregunta con otra igual ¿Que le ha parecido México a usted entonces? Preguntó el con ánimos de hacer dudar de nuevo y haciéndome un ademan con su tabaco.

Yo lo había estado pensando mucho, México era mágico, era sorprendente… -Igual que Colombia, pero más grande- dije a sabiendas que mi respuesta quizá molestaría al escarabajito. Pero de nuevo me equivocaba, una sonrisita se le dibujó en el rostro aunque intentaba seguir pareciendo muy serio. -Tiene usted razón- Contesto Durito -Y eso pasa no solo con Colombia sino con muchos de nuestros vecinos latinoamericanos- Contesto.  -¿Qué? ¿Qué México es más grande?- Dije a modo de broma aprovechando su aparente sonrisa. -Nooo- contestó un poco menos formal. -¿Entonces?- Pregunté más por animarlo a hablar que por otra cosa. 

–Pues nos parecemos, somos hermanos- empezó a hablar con voz fuerte y decidida, que uno no creyera que puede salir de un escarabajito -Hemos recorrido caminos similares, nuestras luchas, aunque no son las mismas, son por lo mismo. Todos buscamos ese mundo donde quepan todos los mundos, ese mundo que sueñan en la selva Lacandona, quizá se parezca bastante a los mundos soñados en las selvas Amazónicas y las sierras Andinas. Nuestros enemigos son los mismos, los que envenenan los ríos aquí y allá, probablemente son la misma persona y los mismos crueles intereses motivados por el neoliberalismo. Tenemos en esencia la misma sangre, soñamos diferentes colores pero con un mundo donde quepan todos. Caminamos diferentes caminos en nuestras luchas pero soñando con llegar a el mismo lugar, ese lugar. A veces nos unimos en esas luchas, a veces nos distanciamos, pero caminamos, caminamos y caminando se hace el camino.

Durito me conmovió mucho en su discurso, lloré al escucharlo. El me miró y me sonrió, se empezó a poner el sombrerito y la gabardina con actitud decidida -Ya he de irme, tengo una misión importante- Dijo poniéndose en pie con ayuda de su bastoncito rama. Yo quise decirle que no se fuera, que quería presentarle a alguien quien le daría mucho gusto conocerlo, que esperara un poco, –Adiós Durito, ten suerte en tu misión- atiné a responderle entre lágrimas. Él me hizo  una venía con el sombrero a modo de despedida mientras se alejaba diciendo -No te aflijas, ya sabes de que bando estas, el bando de los soñadores de nuevos mundos, solo sueña un camino y empieza a caminar- y diciendo eso se perdió entre las ramas que se movían a su paso.


Entonces yo me quedé así como estaba antes de encontrar a Durito,  buscando con la mirada a Esteban entre la gente. Pero con el corazón un poco más llenito. Cuando él llegó le leí un cuento, otro cuento, no el de durito sino uno de Don Antonio, también sobre encontrar el camino. Después cuando cruzábamos la calle, frente al palacio de gobierno, le dije que me encontré con Durito. Él me sonrió –¿Enserio?¿Y qué te dijo?- Me preguntó aun sonriendo. No recuerdo que le dije. Yo decidí que le contaría la historia de durito luego y me puse a admirar el zócalo. Luego con mochila, sueños y cansancio al hombro recorrimos otro tramo más de aventura. 

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